Epistemología Cualitativa visión histórica y critica

Comentarios en la fuente: Dr. José Padrón.

La ciencia social fue concebida en sus orígenes como parte y consecuencia del proyecto ilustrado de reconstitución, reforma o transformación (“racional” en todos los casos) del orden social europeo moderno, tras la revolución burguesa de fines del siglo XVIII/principios del XIX. De este modo, la ciencia social (en su doble y antitética fundación: como “sociología del orden” positivista o comtiana versus el “materialismo histórico” revolucionario marxista) surge como un proyecto integral de conocimiento, previsión e intervención en el proceso de rápido y turbulento cambio de las relaciones sociales fundamentales. Este proyecto integral, articulando teoría y práctica, en torne a la idealizada “razón” en el programa de la Ilustración como principio civilizatorio de la humanidad, presupone la visión del orden social como totalidad en marcha (la perfección organizativa de la división del trabajo industrial en la sociología comtiana, o -contrariamente- la transformación revolucionaria del modo capitalista de producción en la utópica “sociedad comunista” final en el proyecto marxiano, etc.). Pero muy pronto el creciente enfrentamiento en el seno de la establecida sociedad burguesa -socialmente radicalizada por los desequilibrios del desarrollo capitalista- conduce en ambos frentes ideológicos contradictorios a la disociación reificante entre teoría y práctica. En el campo marxista tal disociación aparece como una consecuencia de la forzada politización de la teoría del marxismo institucionalizado y degradado en colectivismo burocrático (stalinismo, etc.), en las condiciones adversas del profundo subdesarrollo de la periferia de Occidente (en la que el modelo de desarrollo capitalista liberal tiende a quebrar por sí mismo e impone una ruptura prerrevolucionaria prematura, como única vía posible de salida del subdesarrollo, etc.). Adversidad histórica -acentuada por la reacción fascista en la semiperiferia capitalista- que a su vez degrada la teoría en doctrinarismo y consagra su primado sabre la práctica real de la investigación social empírica. Por el contrario, en el campo conservador del positivismo burgués (en la línea que conduce de Comte a Durkheim en el siglo XIX y finalmente al funcionalismo norteamericano en el XX), la defensa del amenazado orden burqués-capitalista burocratiza también a la teoría hasta su degradación en un modelo del control social (Parsons) para la integración de la conducta desviante en el cada vez más institucionalizado orden capitalista. Y en ambos casos (positivismo funcionalista y stalinista), la razón ilustrada deviene ahora instituida racionalización para la integración represiva (burocrática o mercantilizada).

En el caso, para nosotros hegemónico (en la Europa occidental) del positivismo burgués, estrechamente asociado al corporativismo academicista y sus reglas de jerárquica en la Universidad, la burocratizada racionalización de la cuestión social concluye desembocando en una (reificada) operativización metodológica que tiende a sustituir los hechos por los datos y el análisis concreto de la situación concreta (fundamentalmente: histórico…, crítico, y totalizador) por el descontextualizado enfoque del denominado tracto (véase Wright Mills, 1961). Enfoque del empirismo abstracto que aplicando la metodología desconstructivista del “vacío” o del Caeteris Paribus -tal y como había sido elaborado en las ciencias naturales, según expone Femando Conde en el primer capítulo- desemboca en la descomposición analítica de lo social en una serie de factores particulares de naturaleza abstracta. Pretendiendo equipararse al status epistemológico (y de respetabilidad académica) de la triunfante ciencia natural, e identificando los problemas metodológicos de la (supuesta) medición de los problemas/fenómenos sociales con la medición de aquellos fenómenos naturales a los que resulta aplicable el modelo mecanicista newtoniano, el empirismo abstracto positivista culmina así con un programa de cuantificación absoluta de la investigación social (según advierte y critica Andrés Davila en el capitulo anterior) como ideal de progreso de la ciencia social. Lo que entraña la tendencia a la reducción/trivialización de todos los aspectos no directamente cuantificables en la investigación social…, que quedan así convertidos en el caótico “cajón de sastre” de “lo cualitativo” (como lo todavía no cuantificable, o que aún se resiste a la cuantificación, en cuanto expresión de los aspectos no racionales de lo social, o aún no suficientemente “racionalizados”.., para su integración en el orden normativo burgués dominante).

Sin embargo, paradójicamente, en el proceso real del desarrollo de la investigación social (estudios de estratificación y actitudes, estudios de opiniones y de mercado, estudios de comunicación social y publicitarios, etc.), la propia aplicación abusiva de la encuesta estadística precodificada representativa por muestreo conduce, finalmente (desde una perspectiva praxeológica), al reconocimiento de sus limites. Lo que va a suponer -no sin un conflicto metodológico permanente- la recuperación de la reprimida dimensión cualitativa de la investigación social. Recuperación a la que, entre otros esfuerzos y aportaciones, contribuye en España en los años 1960 -tras la primera fase de constitución de la sociedad de consumo- la obra pionera y fundamental de Jesús Ibáñez -véanse sus referencias bibliográficas en esta misma obra-, y la posterior formación, entre otros núcleos, de la que podemos denominar Escuela de Cualitativistas de Madrid, en su sentido más amplio -y dentro de su carácter de movimiento modesto y académicamente marginal, cada vez más extensa e intensamente diversificada. Semejante recuperación de la dimensión cualitativa no tuvo lugar en los años 1960, además (como se podría hoy creer), a través de un proceso de renovación/importación metodológica de los nuevos modelos y protocolos de análisis (como p. ej. los del estructuralismo cultural o la semiótica), sino básicamente como una reacción critica (enraizada en el espíritu “contestatario” original de la Escuela de Frankfurt) frente a las implicaciones y consecuencias de la absolutización metodológica cuantitativista:

1. Desde un punto de vista teórico: reacción crítica frente a la denegación cuantitativista del universo social en cuanto universo simbólico, y frente a la creciente carencia de sentido de la producción masiva de datos cada vez más precisos y menos relevantes para la comprensión de la situación y de los problemas sociales históricos y concretos.

2. Desde el punto de vista ideológico: reacción crítica frente a la conservadurización de las representaciones sociales inherentes al proceso de comunicación de la encuesta precodificada, en cuanto canal selectivo por el que sólo circulaban con facilidad los estereotipos convencionales y los valores ideológicos dominantes.

3. Desde el punto de vista sustantivo: reacción crítica frente al desconocimiento de la especificidad, riqueza y profundidad del orden simbólico y de sus formaciones (inexactas/no cuantificables), empezando por las formaciones lingüísticas y los discursos sociales.

En su aspecto positivo, esta reacción crítica tiene como consecuencia la recuperación de las verdaderas formas primitivas y directas de la encuesta social originaria: las entrevistas personales abiertas (no precodificadas) y los grupos de discusión (si bien estos últimos constituyen, en parte, un fruto más complejo de la propia evolución de las prácticas vivificadoras de la investigación social). En principio, estas primitivas/renovadoras prácticas históricas cualitativas de investigación social entrañan una recuperación de la subjetividad real de las relaciones sociales, devolviendo (de forma relativa) el protagonismo y la voz a los propios sujetos/objeto (entrevistados/grupos de referencia) de la investigación social. Pero a su vez, la renovación de estas prácticas de investigación supone el intento de sustitución del artificioso (y represivo) lenguaje informático (reductivo) de la encuesta precodificada (lenguaje del poder encuestador) por la riqueza viva del proceso de comunicación real del intercambio simbólico entre sujetos totales, capaces no sólo de reformular las preguntas, sino incluso de cambiar el código del intercambio. Y de tal modo, los sujetos/objeto de la investigación social dejan de ser considerados/metodológicamente tratados como masa pasiva e indiferenciada de individuos/autómatas “señalizadores” para poder expresar (supuestamente) sus propios valores, deseos y creencias, etc., (véase Alfonso Ortí, 1986).

Por lo que, en definitiva, la apertura del enfoque cualitativo o estructural (como lo denomina Jesús Ibáñez, 1986), reconociendo la complejidad de la realidad social, y la existencia en la misma de diversos niveles (fáctico o distributivo, significativo o estructural-cualitativo: códigos, motivacional o simbólico intencional: deseos, valores, creencias, intenciones, etc. ), tiende a recuperar el proyecto integral de conocimiento originario de la ciencia social, como articulación de teoría y práctica para la transformación social (de acuerdo con la filosofía de la praxis de las Tesis sobre Feuerbach de Marx).

3.1 La complementariedad de los enfoques cualitativo-cuantitativo en el análisis de la realidad social: una complementariedad por deficiencia

Atreverse a postular la existencia misma de una dimensión cualitativa en toda investigación social, y aún más, la pertinencia, especificidad y (relativa) consistencia de unas prácticas concretas de análisis cualitativo, reabre, de forma inmediata, un debate metodológico apasionado e interminable. Frente a ambos extremos contrapuestos y radicales de este debate (absolutización de cuantitativismo objetivista/versus absolutización del cualitativismo formalista), pensamos que enriquecidos por su evolución histórica, los términos antagónicos de la confrontación cuantitativismo/cualitativismo están condenados a reproducirse una y otra vez.

Por una parte, porque las (evidentemente enojosas) cuestiones que “lo cualitativo” evoca en el proceso real de toda investigación social concreta nunca conseguirán ser evacuadas.
Aunque el cientifismo abstracto inherente al imperialismo cuantitativista (véase el capítulo precedente de Andrés Davila), no obstante, persiste en considerar lo cualitativo como el agujero negro de lo no cuantitativo, en cuanto fruto silvestre de la confusión (subjetivista) ideológica y precientífica originaria de una “ciencia social” siempre en trance de alcanzar su madurez definitiva, hasta conseguir equipararse, finalmente, -se postula- al (envidiado) estatuto epistemológico de las ciencias naturales. Una meta inalcanzable -creemos- pero que estimula el desarrollo de las investigaciones sociales de naturaleza cuantitativa.

Ahora bien, por otra parte, en el extremo opuesto metodológico, correspondiente de forma contradictoria e igualmente excluyente al absolutismo cualitativista (al que hemos carac-terizado ya -con Andrés Davila- como triunfalismo cualitativista en el capítulo anterior), la crítica de las limitaciones de la perspectiva cuantitativista tiende a desembocar en una dene-gación dogmática e igualmente excluyente de la dimensión cuantitativa de los fenómenos y de la investigación. Si bien el postulado de una supuesta autosuficiencia del enfoque cualita-tivo contribuye igualmente al desarrollo de modelos teóricos cada vez más comprensivos.

Pero en todo caso, la realidad concreta de la investigación social nos informa una y otra vez de la insuficiencia abstracta de ambos enfoques tomados por separado. Pues los procesos de la interacción social y del comportamiento personal implican tanto aspectos simbólicos como elementos medibles (número de actores intervinientes, tamaño de los grupos, características o tipos objetivos, etc.). Mientras que el enfoque cualitativo de esos mismos fenómenos (significaciones de los discursos/sentidos de su proceso motivacional, etc.) ni es suficiente -en cuanto se supera el nivel de las observaciones localizadas- para determinar el marco “objetivado” de su extensión o frecuencia…, ni tampoco su estatuto y protocolo metodológico como modelo de análisis social llegarán nunca a satisfacer las exigencias de un modelo epistemológico autosuficiente y comparable al modelo científico-natural.

Más aún, la deriva del triunfalismo o absolutismo cualitativista hacia modelos de formalización perfectamente cerrada y (supuestamente) autosuficiente, como garantía de una pretendida cientificidad, concluye traicionando -pensamos algunos- la característica específica del enfoque cualitativo en cuanto apertura a la multidimensionalidad (inagotable) de lo social real. Y comparte también con el absolutismo cuantitativista un mismo estéril simulacro del rigor metodológico científico-natural sin conseguir producir, a su vez, más que abstracciones vacías, sin relevancia ninguna para la praxis de la intervención social.

Así pues, la dicotomización radical de ambos enfoques, en cuanto pretenden una absolutización excluyente, en lugar de reconocer sus respectivas limitaciones y mutua complementariedad (por deficiencia), tiende a concluir -por ambas partes- en el refugio en un metodologismo estéril, tanto más irrelevante para la praxis de la intervención social cuanto más riguroso -en un plano abstracto- se pretende. Y en este sentido, inspirado en un modesto realismo metodológico, y en la investigación social realmente existente, lejos de toda pretensión imperialista, la adecuada comprensión de las posibilidades y límites, tanto de la perspectiva epistemológica y de las técnicas cuantitativas, como de la propia perspectiva epistemológica y de las prácticas cualitativas de investigación social, pasa por el honesto reconocimiento de su radical deficiencia en la representación y análisis de la realidad social.

Mediante la crítica de sus pretensiones de absolutización de su forma específica de conocimiento, ambas perspectivas deben ser definidas así, de modo consecuente, por sus límites epistemológicos, que circunscriben su nivel de adecuación, pertinencia, validez y relevancia. Por lo que, como ya hemos advertido, su complementariedad metodológica puede y debe concebirse como una complementariedad por deficiencia, que se centra precisamente a través de la demarcación, exploración y análisis del territorio que queda más allá de los límites, posibilidades y características del enfoque opuesto. Una modesta y autocrítica relativización de su propio nivel y del campo específico de conocimiento -impuesta por la estructura misma de la realidad social- que es, de forma paradójica, la condición epistemológica de su propia fecundidad creativa y relevancia.

Desde el punto de vista de esta confrontación metodológica permanente, la especificación de la dimensión cualitativa de la investigación social entraña, ante todo, el reconocimiento del papel estmcturante en la interacción personal/grupal de las mediaciones simbólicas de la vida social, en cuanto estructuras significantes con una autonomía relativa. Lo que igualmente supone el paso del campo abstracto de la lógica analítica cuantitativa de la productividad (hay/no hay, más/menos) a la lógica (integradora) cualitativa de lo simbólico. Ya que en contraposición de la lógica analítica cuantitativa de la productividad (que convierte y reduce a los fenómenos sociales a factores unidimensionales mensurables mediante la ficción analítica de una escala homogénea infinitesimalmente continua), la lógica cualitativa de lo simbólico es una lógica de la diferencia en un universo estructurado por un sistema de valores singulares y concretos, irreductibles a medida por su propia naturaleza relacional. Si la lógica del cuantitativismo estadístico en las ciencias sociales tiende a reducir lo social a series distributivas de elementos, la lógica simbólica del cualitativismo reintegra -en cambio- la unidad concreta real de lo social en cuanto estructuración diferencial de las relaciones entre elementos (véase Jesús Ibáñez, 1986).

En fin, para concluir este breve apartado, dedicado a la dimensión metodológica y epistemológica de la confrontación cuantitativismo-cualitativismo hay que referirse igualmente a las condiciones reales de su articulación tecnológica en la experiencia cotidiana de la investigación social en nuestro país. Desde este punto de vista, que podríamos denominar convencional, casi al margen de toda discusión teórica sobre su legitimidad y límites, la radical división metodológica entre el análisis cuantitativo y el análisis cualitativo de los procesos sociales constituye una diferenciación de facto en las prácticas establecidas de investigación social (sea sociológica general sobre valores o ideologías, psicosociológica o de grupos, educativa, laboral, electoral, de consumo o de salud pública, etc.). Diferenciación práctica o institucional encamada, desde hace tiempo, por una parte, en técnicas de investigación cuantitativa tales como el “registro de casos” o la “encuesta estadística”, en contraposición, por otra, a las prácticas cualitativas de investigación más tópicas, como los “grupos de discusión”, las “entrevistas en profundidad” o las “historias de vida”. Por su carácter fáctico, en cuanto contraposición institucional (no exenta de malentendidos y desenfoques metodológicos), esta simplificadora diferenciación tecnológica se comprende y articula con frecuencia en la existencia incluso de dos tipos de investigadores sociales (“cuantitativistas” versus “cualitativistas”). Una dicotomía profesional que a su vez supondría dos tipos de formaciones “técnicas” más o menos particularizadas o contradictorias. Pero este mismo énfasis en la contraposición tecnológica entre métodos cuantitativos y métodos cualitativos de análisis de la realidad social tiende, en definitiva (ignorando la complejidad de un planteamiento metodológico integral), a reducir la cuestión a una acrítica división instrumental del trabajo entre técnicas cuantitativas y prácticas cualitativas como enfoques o tratamientos alternativos para el estudio de cualquier proceso o problema social.

Cuando un planteamiento metodológico integral del proceso de investigación sociológica de la conducta y de la interacción supone una pluralidad de contextos concretos, al que corresponden, por su distinta naturaleza epistemológica, una pluralidad de métodos y técnicas de observación, análisis e interpretación. Y en este sentido, la formación de un investigador social debe ser, ante todo, la de un metodólogo que sepa y decida qué enfoque y técnica debe ser críticamente aplicada para cada aspecto y dimensión específica de los procesos sociales. De modo concreto, al enfoque etic o “externalista” -y por tanto susceptible de cuantificación- responden (en nuestro modelo de organización de la complementaridad) la técnica del “registro de casos” (para comportamientos/acontecimientos singulares), así como la técnica “encuesta estadística representativa por muestreo precodificada” (para los valores y normas cristalizados y dominantes: estereotipos, etc., su asociación con comportamientos y su localización “topológica”, etc., sobre el mapa social; jóvenes/viejos de grandes ciudades o de pequeñas aldeas, etc.- Mientas que al enfoque emic o “internalista” (orientado a la comprensión e interpretación cualitativa de la significación de los discurso y de la dimensión simbólica de la conducta), responden las prácticas “grupos de discusión socializados” (para la definición de las claves de codificación de los paradigmas del consenso ideológico), de “análisis de los mensajes de los medios de comunicación”, de los “grupos de discusión personalizados o triangulares” (para intentar la descodificación ideológica de los discursos) y “entrevistas abiertas o en profundidad” (para el estudio dramatológico de las estructuras simbólicas de la personalización). En fin, las prácticas metodológicas integrales como “observación participante” e “historias de vida” representarían a su ver el lugar de encuentro entre los enfoques etic (cuantificable) y emic (cualitativo) como contextos para el análisis concreto de la situación concreta. Pero ante el carácter parcial (y por tanto, deficiente y metodológicamente complementario) de todas y cada una de las técnicas y prácticas, la síntesis dialéctica totalizadora final de una investigación social corresponde siempre al sujeto investigador que, como Jesús Ibáñez advierte, es un “sujeto en proceso” abierto a la multidimensionalidad de lo real (Ibáñez, 1986).

3.2. Las técnicas de investigación cualitativa como prácticas estratégicas de investigación social concreta

En los modelos alta (pero abstractamente formalizados) de la metodología de las técnicas cuantitativa, el protocolo básico ex-ante de la investigación (tal y como lo ha definido, en comunicación personal, Angel de Lucas) implica un programa analítico de operaciones sucesivas y encadenadas sistemáticamente, que se encuentran desde un principio absoluta y definitivamente predeterminadas. Tal proceso empírico es un proceso empírico con formato tecnológico y rigurosamente analítico, pero abstracto. Por el contrario, el proceso empírico de producción de las prácticas cualitativas (pues nada más directamente empírico que un encuentro personal real) constituye un proceso concreto, socialmente condicionado, multidimensional, abierto y contingente (y en este sentido, nunca controlable de forma absoluta). Por lo que la totalización ex post del sentido real del proceso (y la valoración ad hoc de sus incidencias y elementos concretos) debe ser igualmente asumida y definida por la subjetividad en situación del propio sujeto (personal o colectivo) investigador. De aquí que si por su estructura metodológica, los estudios cuantitativos (básicamente; la encuesta estadística precodificada representativa por muestreo) pueden y deben ser caracterizados y denominados como “técnicas” de investigación social (lo que implica tanto su eficacia operativa, como sus limitaciones epistemológicas) la estructura metodológica específica de los estudios cualitativos no rebasa el nivel técnico de simples “prácticas” de investigación social (tan abiertas y desarmadas en su reglamentación técnica-operativa, como potencialmente enriquecedoras por su implicación directa en la realidad social).

Por una parte, las prácticas cualitativas lo son porque constituyen una forma más o menos simulada y controlada, o ensayo tentativo de reproducir, o al menos evocar, las formas del intercambio simbólico de la praxis social real. Responden así a la lógica del sentido concreto, característica de la lógica situacional de la práctica social misma.
Pero fundamentalmente, por otra parte, las prácticas cualitativas de la investigación social son prácticas en cuanto responden a “estrategias explícitamente orientadas por referencias a fines explícitos marcados por un proyecto libre” (como describe Bourdieu las prácticas sociales a partir de las concepciones de la filosofía de la acción en Jean Paul Sartre). Pues frente a las técnicas cuantitativas, definidas por su operativización en función de la medida distributiva de los fenómenos sociales, las prácticas cualitativas entrañan un proyecto estratégico libre de comprensión totalizadora de los procesos sociales para la intervención institucional/reafirmadora, modificativa o transformadora de los mismos, como criterio y eje central pragmático de la propia investigación, al que deben subordinarse tácticamente todos sus momentos e intervenciones.

Y en este sentido, la perspectiva cualitativa (a través de la descodificación simbólica, pero sin absolutizarla ni reducirse a la misma) tiende a coincidir, en última instancia con la propia perspectiva dialéctica. Convergencia, en definitiva, de la perspectiva cualiÍativa con la dialéctica que entraña tanto una actitud crítica de lo instituido en cuanto cristalizado/reificado (previa e inspiradora de la labor de descodificación ideológica), como una intencionalidad instituyente (al menos en el plano de lo simbólico) transformadora de lo real (concebido así en términos históricos de cambio y conflicto entre fuerzas o tendencias).

3.3. El criterio de la adecuación metodológica en los modelos y niveles epistemológicos empleados en el análisis de la realidad social

Frente a las pretensiones imperialistas de cualquier modelo metodológico general uni-dimensional, igualmente válido para todos los niveles y fases de un proceso de investigación social concreta, la complejidad multidimensional de la realidad social determina, por el contrario, la configuración de modelos de análisis (en principio) parciales y diferenciados en correspondencia con los distintos niveles estructurales específicos de la propia realidad social. Pluralismo cognitivo de lo social que entraña consecuentemente un pluralismo metodológico y tecnológico (Beltrán, 1985).

Esta concepción pluralista plantea, además, la cuestión de la demarcación teórica y de la pertinencia metodológica de cualquier modelo concreto de análisis social como una cuestión, ante todo, de especificación del nivel estructural de la realidad social al que corresponde. Una especificación del nivel de la realidad a analizar metodológicamente pertinente, que el psiquiatra Carlos Castilla del Pino -de forma para nosotros ilustrativa- considera como el enfoque básico y constituyente, por ejemplo, para el caso de la psiquiatría (y por extensión de la propia psicología). “Pues la psiquiatría no habrá de ser más ciencia…, porque sea neurológica, en última instancia, fisicalista, sino porque sitúe exactamente -observa Castilla- el nivel de realidad en que tiene lugar lo psico(patológico, porque plantee correctamente su relación con el nivel biológico por abajo, y el nivel sociológico por arriba, y porque en momento alguno renuncie a la peculiaridad de lo psicológico” la Jorge L. Tizón, 1978: p. VIII). Planteamiento metodológico que una vez más alude ah básica contraposición -que atraviesa todas las ciencias sociales, o si se quiere, las ciencias humanas- entre la supuesta objetividad fáctica (fisicalismo neurológico) de la que podemos caracterizar como “infraestructura” de la personalidad y de la acción humana, frente a la manifiesta significación subjetiva (en cuanto peculiaridad específica y sustantiva de “lo psicológico”) de la conducta personal en situación (que de forma analógica podríamos considerar como su “superestructura”, en cuanto entraña la cuestión de su sentido). Planteamiento metodológico elemental, pero básico, que por su parte formula precisamente, en términos claros y sencillos, el psiquiatra Jorge L. Tizón -en la misma obra prologada por Castilla del Pino- al afirmar que “el análisis de la conducta ha de comprender: 1) el análisis de los componentes ‘físicos’, ‘energéticos’ de la conducta (más fácilmente verificables), cuantificables, mensurables, etc.; 2) el análisis de los componentes informacionales del sentido, el significado de dicha conducta” (J. L. Tizón, 1978: 31). Y en fin, planteamiento metodológico elemental y clásico que podemos generalizar -en cuanto dualidad estructural y epistemológica básica- al conjunto de los procesos sociales para delimitar los ámbitos, dimensiones, objetos y estructuras cognitivas específicas del enfoque cualitativo frente al enfoque cuantitativo en el análisis de la realidad social.

Pues la diferenciación tecnológica o instrumental en los procesos de investigación social concreta entre el enfoque cualitativo versus al cuantitativo no es más que la consecuencia de una previa y más fundamental diferenciación metodológica, determinada por la existencia y exigencias específicas de dimensiones y problemas epistemológicos de naturaleza heterogénea. Una heterogeneidad epistemológica radical que, en principio, se encuentra conformada por la contraposición entre la dimensión simbólica de los procesos sociales (como ámbito o universo de la si gnificatividad y el sentido fundantes de lo cualitativo), frente a una dimensión fáctica (como campo de los objetos mensurables propio de lo cuantitativo). Y que, por ello mismo, exige e impone necesariamente (también en principio) la existencia y desarrollo metodológico en permanente proceso autocrítico de modelos de representación y análisis de la realidad social conformados por criterios epistemológicos de pertinencia, validación e inferencia radicalmente diferentes.
En suma, puede decirse que hacemos investigaciones sociales para lograr un saber pragmático, que debe atender a todos los niveles de la realidad social, los cuales tienen distinta naturaleza epistemológica. En este sentido, podemos distinguir -según la figura adjunta- tres niveles al menos en la realidad social:

1. Nivel o campo de los hechos, conformado por las relaciones de indicación o designación de la proposición (Deleuze, 1989), en cuanto puesta en evidencia de cuanto acontece o se hace. Los hechos (así configurados) como estados individuados aparecen como evidentes en el nivel de lo manifiesto o consciente. En fin, de este modo, los hechos tienden a ser concebidos como procesos fácticos, constituidos por cargas de energía, y por tanto, como una res extensa cuantificable (correspondiente al nivel teórico de lo instituido según la filosofía presentada por Andrés Davila).

2. Frente al simple campo de los hechos, la significación de la proposición (Deleuze, 1989) entra la existencia del universo de los discursos, donde las significaciones no se establecen por extensión, sino referidas a sí mismas en el cuadro de un sistema de signos. Se trata de proposiciones comunicativas coherentes por su articulación significativa, porque están definidas por una cierta relación codificada entre significante y significado. En principio, los discursos estarían articulados por “lo que se dice”, en el contexto de formaciones culturales e ideológicas concretas. Pero la institucionalización de las cosas no les confiere la misma si gniÍicación concreta en una cultura u otra (pues cada cultura impone un sistema de códigos). Junto a los culturemas (unidad significativa de una cultura), los discursos suponen, en fin, también orientaciones de valor, o sea, proposiciones ideológicas (ideologemas). Nivel en el que confluyen el enfoque cuantitativo (para los culturemas pre-codificados) con el enfoque cualitativo (para su significación ideológica y proceso de producción simbólica).

3. En un tercer nivel nos encontramos con el reino de las motivaciones. Serían las fuerzas motoras, pulsiones, deseos, que responden al porqué de la interacción social; es decir la intencionalidad y sentido, consciente o no, que configuran los procesos proyectivos. Procesos, en fin, correspondientes al nivel estratégico de lo instituyente consciente y no consciente (véase el capitulo de Davila en esta misma obra), y sólo interpretable con sentido a partir de enfoques cualitativos hermenéuticos.

La distinción de estos tres niveles de la realidad social cumple ante todo con una función metodológica, pues se trata de comprender que en el análisis de la realidad social nos encontramos con tres tipos de estructuras y tres tipos de lógicas diferentes y con reglas propias: fácticas, significativas y motivacionales. La cuestión de cómo se articulan estos tres niveles en la interacción social es todavía muchisimo más compleja, y merecería un tratamiento con mayor extensión. El lector podrá encontrarlo, parcialmente, en el siguiente capitulo de Femando Conde, quien lo ilustra con el ejemplo del paso del grupo de discusión a la encuesta estadística, en cuanto técnicas/prácticas históricamente emblemáticas de las dos perspectivas.

 

Referencias:

ALFONSO ORTIZ (1995), en Delgado, J. M. y Gutiérrez, J. (Comp.) (1995): MÉTODOS Y TÉCNICAS CUALITATIVAS DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES. Madrid: Síntesis (pp. 87-99)ç

Padrón, J. (2000). Seminario de Epistemología y Educación : LA CONFRONTACION DE MODELOS Y NIVELES EPISTEMOLOGICOS EN LA GÉNESIS E HISTORIA DE LA INVESTIGACION SOCIAL. (1ra ed.) [CD-ROM]. Caracas.

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